De los perros, el galgo es el más rápido. Pareciera haber sido inventado sólo para correr: angosto, escuálido, pero con unas patas desproporcionadamente largas. Con su hocico filoso va cortando el viento y en el minúsculo receptáculo que por cráneo le ha sido otorgado, sólo existe la idea de correr. A veces en mitad de las carreras, se arrancan los dedos de cuajo al pisar mal sobre una piedra, y sin embargo no se detienen, su concentración está puesta por completo en ese señuelo peludo que imita a un conejo y que se desplaza sobre un riel electrizado. El galgo carece de la capacidad de ir aprendiendo, carrera tras carrera, que jamás alcanzará aquello que persigue.
Nacido para correr, el más veloz, aquel al que ninguna cavilación lo detiene. Pero esa virtud fabulosa que posee es también su mayor enemigo en potencia.
Cuando un galgo encuentra una liebre en el campo, la corre sin detenerse hasta que, luego de un rato, el corazón le explota de un infarto y cae fulminado. Inútil es querer captar su atención para que vuelva, llamarlo por su nombre a los gritos, esperar de él un mínimo instinto de supervivencia. Ya se ha subido al inexorable tren de su destino fatal, ya es un muerto que corre desesperado detrás de la gran fascinación de su vida.
Truman Capote dice que cuando Dios nos ofrece un don, al mismo tiempo nos entrega un látigo, y que ese látigo sólo tiene por fin la autoflagelación. Es curioso que aquello que nos motiva a hacer la mayoría de las cosas en la vida, pueda hacernos también sufrir profundamente.
Yo pensaba que era afortunado de tener tanto amor para dar y ahora no sé cómo parar de correr a esta liebre que se ha cruzado en mi camino.











