jueves, 18 de diciembre de 2008

Londres podría tener otro color ( I )


Si hay algo que me fascina en Londres, es que siempre hay puestos con flores y plantas sin importar la fecha, vos podías estar cagándote de frío y resbalándote en la calle, entre la humedad y el viento de las esquinas, que de golpe en un costado de la vereda, tenías a la primavera encarnada en una porción infinitesimal. Pero en contra tenia a cada uno de los pubs, cuando estoy en Buenos Aires, siempre me vuelven esas ganas de sacarte a tomar una buena cerveza, hacerte conocer la Kilkenny, llamarte, medir las palabras, hacer de cuenta de que no me importa mucho.

Ya en King’s Cross, con el ticket en la mano, miraba atrás y veía a Matthew y a Bogna saludándome, Londres tenía en la atmósfera además de su humedad constante y el verdín en las juntas de los ladrillos, ese dejo de Buenos Aires de cotidianeidad, como si vos estuvieses cerca, una locura de mi parte. Liverpool a unos minutos y el vagón de atrás, se separa del tren para ir hacia otra dirección.

Casi ni me acuerdo como llegué a Reino Unido, fue como un viaje relámpago, una fisura del tiempo, Buenos Aires estaba llena de los lugares donde quería llevarte y sinceramente ganas de cruzarte por las calles no me quedaban, si bien muchos me dicen que la ciudad es muy grande, yo ya conozco de los vicios de las veredas y los caprichos de los subtes, siempre se las rebuscan para hacerte cruzar con esa persona en el momento menos indicado, ya sea por tu aspecto o por tu animo, algo siempre va a estar mal y Buenos Aires, a su modo se va a reír. Tuve siempre esa teoría, de que las grandes ciudades se vengan de sus habitantes, mayormente cuando tiran papeles en ellas.

Me prendí un pucho al lado de la estatua de Steele, la de Eleanor Rigby, y miraba las fotos del día anterior que revelé en el puestito de Kodak cerca de Candem, la panza de Bogna, que estaba de seis meses y pensaba en el dos mil tres, cuando nos conocimos en esa reunión improvisada de intercambio en un cuartito cualquiera de Cambridge, ella me contaba lo enamorada que estaba de Matthew, aunque estaba saliendo con Michael, con la misma intención que me trajo hasta acá, tapar. Igual ella siempre tuvo mucha más suerte que yo, ahora estaba embarazada de quien quería que sea el padre de sus hijos y no en una ciudad completamente ajena que parece no dar tregua.

La tarde en Candem fue la peor de las bienvenidas, a comparación de las otras veces que vine y moría por estar acá, rodeado de los ruidos la música y la gente, comerme kilos de frambuesas en chocolate, tomar un café dentro de un puesto de ropa… todos los vicios de ocasión estaban opacados, vos estabas en los espejitos, en las postales e inclusive me diste el chupetín de cannabis, tenia la cabeza desplazada y vos, vos estabas por todas partes, como si te hubieses hecho polen y te depositaras en todas las personas, estabas en todas partes.

Pasamos la noche comiendo fish & chips, para variar un poco la dieta, Angus me miraba fijo, con los ojos del que sabe un poco todo, o bien intuye a donde van las cosas y entre la cerveza y las papas fritas me dijo “Boggs called me while you were on your way here…” omitió el resto, como solo saben hacerlo los ingleses, dejándote entender absolutamente todo, pero con un nivel de no-data increíble.

Tenía un poco de culpa, la verdad que coger con Angus en Leeds, no fue más que un escape de cuarta, como un manotazo de ahogado para borrarte un rato… “cuatro meses” pensaba mientras nos sacábamos la ropa, “cuatro meses”, mientras nos besábamos desnudos, “cuatro meses” mientras me acariciaban la cara, “cuatro meses” y un “I’ve been waiting this since we first met” me interrumpía como un eco lejano mientras pensaba como me habías dejado con la garganta partida hacía ya cuatro meses.

Ya no me quedaba mucho más por hacer, había llamado a casa y según lo que Nico le dijo a mi hermana, ya había aprobado todo, que no hacía falta que venga con antelación por la facultad, mucho menos por el trabajo, ese llamado fue lo peor que podía haber hecho, por un lado quería que el mundo me chupase como una aspiradora para llevarme de nuevo a mi habitación, en mi casa y por otro lado, Londres y yo, teníamos que hablar, largo y tendido.

Convent Garden me parecía un barrio cualquiera, como Monserrat y lo digo sin sacarle merito alguno a Monserrat, me parecía tan común, que me asustaba, la cuestión era que si Convent Garden no me dejaba con el pecho acelerado como otras veces… algo definitivamente andaba mal. Bogna, irascible me puteaba una y otra vez a mi y a vos, sin siquiera conocerte, mientras yo le contaba el porque de mi viaje, mientras le cebaba unos mates. No podía creerlo, me estaba retando, hasta hizo que Matt vuelva del trabajo para que yo lo ponga al día de mi situación, un gesto, bastante exagerado, creo yo, pero que de todos modos, me hizo sentir más en casa que en mi propio hogar. “I just can’t believe it, you cunt!, how you dare to let yourself be treated that way”, era la primera vez que alguien me decía algo que entendiese tanto y sin embargo en otro idioma.

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