viernes, 6 de marzo de 2009

Londres podría tener otro color. (II, final)


“Necesito ir a un Bed & Breakfast”, después de haber escuchado a Bogna y a Matthew dándome tantos consejos, alivianando de cierto modo toda esta maraña de sentimientos encontrados tengo encima, la idea de ir a un ‘Bed…’ me pareció lo más adecuada, me habían aturdido y por otro lado me surgieron las ganas de irme ya mismo a un lugar y estar solo, por lo menos un par de noches para organizar y acomodar un par de ideas. Y no me vino nada mal estar aca, en una cama solo y 'tranquilo', en cierto modo, era como sentarme además de a pensar, recordar mi primer visita a estos pagos, de golpe estár de nuevo con Matthew en un cuartito medio húmedo tomando Absenta y cagándonos de risa de nuestras anécdotas familiares y de golpe, sin aviso alguno, como si el tiempo me agarrase como un anzuelo en el ombligo caía en un espiral para terminar de nuevo al momento de ahora, y después de toda la charla que tuve con Boggs y Matt de testigo… me justifico, fue como un sopapo de realidad que dejaría a más de uno hecho un pelotudo.

Londres tiene un ‘eso’, es como si la ciudad entera fuese terrateniente de algún tipo de magia, apoyar la cara en el vidrio de una ventana, no es lo mismo en Londres, en cambio si es lo mismo en Roma, Berlín, Praga ,o si querés Río de Janeiro o Buenos Aires; y en la ventana la lluvia, y en Londres la lluvia y en los jardines, la lluvia y en mi boca, como para quebrar rituales, mi pucho. Y largo una bocanada de humo y se me alivia un poco el pecho y me cambio, me pongo el par de botas que me presto Matt y salgo.

Me puse la bufanda que compre en Italia, ahí en el pueblito donde viene mi familia -alguna vez voy a tener que hablar de mi fascinación por las bufandas con mi psicoanalista-, pensar que la compre en el dos mil tres calculo…qué loco vivir en los años dos mil, por más que ya lleven de tránsito unos nueve o diez años, no sé, es como que le faltan números, decir ‘mil novecientos y pico’, suena a mucho, suena a viejo, hasta se tarda en escribirlo en números romanos, en cambio ‘dos mil y algo’, es como una incompletitud total, un vacío en el tiempo.

Piccadilly estaba lentísima, como si alguien estuviese apretando la cinta de un VHS mientras lo proyectan, la gente se movía a paso normal, pero el aire me resultaba espeso, era como si estuviese caminando dentro de una gelatina hecha con menos de la mitad de agua. Casi que apuesto que una señora desde un double deck me miró con cara de “¿y a éste qué le pasa?”, debe ser por la arruga, esa que se me hace en la frente como cuando estoy rindiendo un final, que parece como una rama entre las cejas.
Y vos allá, con el río al este y con la calma del que no sabe y yo desde acá, viendo el sol desde el otro lado con la bronca del que no sabe. Ni un océano, ni una ciudad, ni siquiera el tiempo y los amigos matan a un desamor, no hay sabiduría en el tiempo, en el tiempo solo hay más tiempo, en el tiempo solo se crean más excusas cuando de postergar realidades se trata. Vos tuviste el poder de frenar mi reloj y yo en Trafalgar viendo llover mientras me empapo, y Londres ya no es tan Londres y las fotos que siga sacando no tienen mucho gusto, no te las voy a poder mostrar y darte besos mientras las veas.
Pasar por los postes colorados en pleno China Town, me acuerdo cuando con Angus en nuestra primer noche y pasados de cerveza nos pusimos a dar vueltas como si fuese una calesita en cada uno de estos postes... con una mano agarrada y un pie tocando la base girando como dos boludos hasta que nos empezara a doler la cabeza y Bogna a los gritos pelados diciendo que se nos iba a hacer tarde para dormir... y vos hace nada, vos hace segundos dejaste aca tu perfume, te sacaste fotos y pasaste una noche parecida a esa, vos estas en Londres, en buenos Aires y sin pasaporte ni documento estas de turista en cada uno de las cosas que pueda hilbanar a cualquier hora.
Nada esta bien acá, no puedo, no puedo atar cabos, sacar conclusiones y seguir adelante. La lluvia en Londres es implacable y casi puedo sentir el mismo ruido de lluvia cayendo en Buenos Aires, las gotas repicando en el pasto, las gotas salpicando los charcos, las gotas chocando casi al galope en los paraguas apurados, las gotas cayendo sobre los hombros de la gente y dividiéndose en gotas más chicas.

“Can’t you just realize that you have been used by a kid?” y seguían cayendo una tras las otra los retos de Bogna, que más que eso, eran palabras maternales y el desenfreno de una amiga para que uno caiga a la realidad. No me amas y el amor sin dos partes, es una prisión tan inmensa como puede ser Londres cuando venís nada más que a llorar.



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