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Como quien talla un bloque de madera, Fernando dedicó los últimos años a armar una crisálida de su cuerpo. Días, horas enteras dedicándose a hacer de su (ya antigua) languidez una armadura de acabado perfecto, un arrullo impenetrable para los dolores de viejos tiempos, dolores que volvían algunas noches cuando se sentaba en la cama y se daba cuenta de lo grande de su casa y lo chico que el era ahí dentro, dolores que aparecían en la inmensidad de Buenos Aires, como olas de mar arrastradas por el viento de un ayer bastante hijo de puta.
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