jueves, 20 de marzo de 2008

Fernando (III)



Y es en noches como estas en las que a Fernando se le complica el sueño, cuando llueve un rato y después la luna vuelve a salir, terminante en su afán de iluminar la ventana para que caiga un manto blanco-azulado en el colchón. Entonces él se sienta, con las manos pegadas a los márgenes de sus piernas, encogido de brazos y con la cabeza paralela al suelo… mira sus pies y los examina con los ojos perdidos. Lentamente deja que se abra un gabinete en la nuca, un gabinete bastante jodido en cuanto a intenciones. De allí empieza a surgir esa vocecita neutral que no se sabe si viene a cagarte a trompadas o a abrazarte, esa vocecita que no sabes si es hombre o mujer, algunos le dicen conciencia, otros, como Fernando, llaman a ese murmuro mudo y perverso “tormento” y empieza a entonar una y otra vez, secuencial… constante; como un hilito blanco que viene trepando desde el fondo de algún pozo “Estoy solo”. Y la voz se hace cada vez más audible, nítida y cárnica. Fernando sabe que está solo, y no el ‘solo’ de sin nadie a quién tener alguna noche, él no sufre mucho de esa carencia. Sabe que es la variedad de ‘solo’ más pesada, el 'solo' que es el hermano de la palabra soledad, el ‘solo’ que te acompaña en las fiestas más cuantiosas, el 'solo' que genera precipicios horizontales invisívles entre la gente más allá de que se estén rozando, o besando o teniendo algún tipo de sexo mecánico. Entonces recuerda viejas y frescas traiciones, dolores de abandonos empolvados, los amigos que dejó de necesitar, o los que dejaron de necesitarlo, se suman los nombres y la lista se hace borrosa, espiralada y hasta monotona y la lista se empieza a teñir de un gris acido y pesado ... entonces Fernando piensa y repiensa hasta que se deja vencer de nuevo por el sueño, para en horas empezar la rutina de la conquista barrial desesperada.

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